José Francisco, un hombre de nuestros días

Cuando se confirmó su muerte, sólo pude exclamar con una voz que nunca supe que tenía: Pobre Donaldo, pobre de mí, pobres de nosotros; pobres de todos nosotros…” cito al gran José Francisco, quien no se imaginaba,  que a la vuelta de seis meses, su frase se encarnaría en su final y sería sentida por todos los que hoy estamos aquí para homenajear al que siempre recordaré con afecto, admiración y gratitud.

He repasado el desolador 28 de septiembre en muchas ocasiones, lo he narrado por escrito, lo he conversado con colegas, amigos y familiares, la respuesta sigue siendo la misma, la muerte de un  gran hombre, en palabras de Don Sergio García Ramírez

un magnicidio injustificable y brutal empobreció a México, al partido de Ruiz Massieu y a sus amigos correligionarios. Es una manifestación de la violencia que se localiza en la profundidad del alma mexicana: aún no se afianza la cultura de la justicia-como régimen de legalidad estricta- y la cultura de la democracia- como sistema de solución racional de conflictos”[1].

Pero el tiempo todo lo atempera. Al evocarlo, ya no viene a mí la brutal imagen que apareciera en las primeras planas de todos los periódicos al día siguiente, viene a mí la esencia, la imagen vital de un hombre que sobrepasando los umbrales de la muerte, se renueva en pensamiento, obra e ideario como un hombre de nuestros días.

Viene a mí la grandeza de sus dos hijas, mi querida ahijada Daniela comprometida con México a través de la academia, de la enseñanza de futuras generaciones y de nuestra Canciller, que para mí sigue siendo, mi querida Claudia…… caminan por dos carriles, esos que su padre anduviera juntos, como arquetipo del profesionista dual, ese que sin abandonar las ideas, dio la lucha en la arena política. Siempre convencido que la ciencia habría de guiar y soportar la acción y que la actuación política era un incentivo para el avance de la ciencia. Temeroso de ser un ingenuo del poder se ocupó de ser un político con ideas. Sabías las palabras de su gran amigo Mario Melgar, quien los personificó como un Florentino Germano, férreo como un espartano y sensible como un ateniense, y como lo han recordado tantos, en tantos libros, en tantos homenajes, en tantos artículos… “testimonios de amistad” que en su honor se han escrito.

En este siglo que ya no le tocó vivir, en este “vendrá” que tanto esperó y al que tanto abonó, México es otro, vive un momento crucial, ese que Ruiz Massieu auguraba con tanta vehemencia. Una nueva forma de hacer política, ante una pluralidad de centros de poder y del surgimiento de nuevos actores.

Una política basada en el diálogo, la argumentación, la negociación, el  impulso de consensos, que finalmente se concretaron en una serie de reformas estructurales sobre temas neurálgicos del Estado y en el que las diversas fuerzas políticas no habían logrado concertar acuerdos que resultaban inaplazables. Reformas que, aun encontrándose en  proceso de maduración, han logrado sacar a muchas de las instituciones de la parálisis en que se encontraban inmersas, y así impulsar una visión transformadora de la democracia, al margen de intereses partidarios, económicos y de algunos grupos o sectores sociales.

Esta dinámica de cambio que se viene dando desde inicios del sexenio, constituye una clara muestra de lo que Pepe analizó como “Taxonomía de los entendimientos” construida a partir de “un inventario de los principales agentes políticos que cobran identidad y autonomía en una democracia ineluctable y gradualmente plural”[2].

No olvidemos la gran convocatoria de inicios de sexenio, el Presidente Enrique Peña Nieto, el gabinete ampliado, los presidentes de las principales fuerzas políticas, líderes parlamentarios, representantes del poder judicial, fuerzas armadas,  titulares de órganos autónomos, empresarios, ONG, organizaciones civiles, académicos, escritores, protagonistas de la cultura y el deporte, medios de comunicación, periodistas, líderes de opinión, y muchos más, todos en favor de un México incluyente, prospero, educado, en paz y con responsabilidad global.

Como hombre visionario, desde los años ochenta anticipó la necesidad de reconstruir y actualizar los entendimientos, como motor de progreso y consolidación de la democracia.

Pero el cambio, por definición es un proceso inacabado y la solución democrática, al ser un proceso histórico, como bien lo leía Pepe, no está exenta de “involuciones y cambios hacia adelante”. Hoy nuestro país vive una realidad compleja, que exige un actuar, recto, firme, responsable y comprometido de toda la sociedad, hoy  el mejor homenaje que el PRI puede hacer a su guerrero incansable, es releer, sus libros, artículos periodísticos, ensayos, monografías, entrevistas y discursos, en los que logra desentrañar magistralmente principios y valores que preceden y se renuevan cotidianamente en la acción política. Analizar a la luz de nuestros días sus reflexiones sobre la moral política, la convivencia, la eficacia, el papel de la oposición, la crisis, la burocracia, la mitología política, el valor de la palabra, el uso de la verdad, la teología política, la dimensión moral de la institución presidencial,  el valor de la sobriedad y la discreción, la serenidad en el uso del poder presidencial, la tipología de los desertores, el diálogo parlamentario, el argumento contramayoritario, el papel progresista de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y muchos más, que en su conjunto constituyen un ideario o un catálogo de consejos dedicados a aquellos  que dirige una nación.

En este ánimo de celebrarlo a partir de su pensamiento escrito, a continuación expongo ideas de ese constitucionalista, administrativista, historiador, funcionario, intelectual, maestro, escritor, articulista, orador, militante, pero sobre todo de aquel que siempre tenía a México en su mente, y auguraba un futuro de desarrollo, de progreso. Del que a través del quehacer político buscó un país engrandecido, modernizado sin desigualdad social.   Ante la duda de que un mero ejercicio narrativo de ideas hubiere sido del agrado del homenajeado, pues era un hombre de acción, que usaba contrastar las ideas con la realidad a efecto de acreditar su eficacia, me aventuro a confrontar algo de su legado escrito con la realidad que vivimos.

 José Francisco, célebre jurista  y conocedor del andamiaje constitucional, reconocía como cimientos del Estado Constitucional Moderno, la autolimitación del poder a través de un sistema de pesos y contrapesos, que genera un equilibrio entre los propios órganos que ejercen el poder y un valladar infranqueable frente al individuo, mediante el reconocimiento de derechos individuales; no obstante aquel principio tripartita le parecía que empezaba a quedar corto a la realidad, por la multiplicación de centros, que precisamente hoy llevan a los Estados a pensar en nuevos equilibrios, que den cabida a entes que detentan un poder real al ser voz y forma de expresión de la ciudadanía, estos a los que Moises Naím[3], llama micropoderes que no encajan en el tradicional principio tripartita y que en cierta forma van restando poder al ejecutivo.

Cómo un oráculo anticipó lo que se viviría en el país décadas después, hoy la transformación en los centros de poder se traduce, principalmente en la creación de órganos constitucionales autónomos al margen de la tradicional división de Montesquieu. Aquel ejecutivo omnipresente va acotando su campo de acción en aras del surgimiento de nuevos “micro poderes” con competencias específicas en tareas fundamentales del Estado. Este nuevo fenómeno que se vive a nivel mundial, sin duda tiende a redistribuir el ejercicio del quehacer público, garantizando una mayor participación a sectores que se encuentran fuera del Estado (Académicos, ONG, ciudadanía…). La redistribución del poder y multiplicación de los centros desde los que se ejerce, privilegian el diálogo y la negociación como herramienta fundamental.

Pepe, historiador y respetuoso de los principios de la revolución mexicana plasmados por el constituyente de Querétaro, se dio el tiempo de analizar a fondo, en aquella época en que las reformas a la constitución también fueron prolíficas – en materias de derechos humanos, derechos indígenas, privatización bancaria, reparto agrario  y estatuto de la iglesia- si las mismas eran válidas o constituían una afrenta a las conquistas logradas por los padres de nuestro constitucionalismo. Las reflexiones escritas en “tópicos constitucionales”, por su nivel de comprensión siguen siendo válidas, para entender el proceso de reformas que vino a rediseñar el Estado Mexicano. José Francisco se preguntó “¿reformas constitucionales para qué?” él mismo se respondió “para que el sistema mexicano en su conjunto fortalezca los tres grandes títulos de legitimidad que explican la longevidad del sistema de instituciones en México: la vigencia de la revolución, por la actualización de sus medios, y la reafirmación de los verdaderos principios, es el primer título; la efectividad del sufragio con procesos transparentes, es el segundo; y la eficacia de los gobernantes, con una economía saneada y un saludable proceso democrático, que sea auténtico y no ponga en riesgo la gobernabilidad, ni la soberanía, es el tercer título: reformas constitucionales para asegurar el futuro mediante una relegitimación del sistema”. Cada una de las reformas constitucionales presentadas por el ejecutivo al Congreso, se inscriben en estos tres títulos de legitimidad. El Presidente Peña pasará a la historia como un reformador consistente, que ha sabido visualizar los cambios sustanciales que requiere el país para avanzar en su democracia, en su economía, para dar vigencia a sus instituciones, en este sentido podemos afirmar que ha relegitimado el sistema desde su estructura.

Sobre el fenómeno de la descentralización, mucho estudió y mucho dijo José Francisco. Independientemente de su prolífica obra dedicada al Municipio y al fortalecimiento de ese tipo de descentralización política y administrativa, también abordó la descentralización de la administración pública como parte de la reforma política, no sólo como una transferencia de competencias o traslado de funciones de una dependencia a otra, sino como verdadero proceso integral de alto contenido político y económico para lograr el equilibrio del poder y reajustar el mecanismo de pesos y contrapesos baluarte de todo estado constitucional moderno. En este sexenio el Presidente y las diversas fuerzas políticas representadas en el poder legislativo fueron más allá de una mera restructura o reorganización administrativa -como solía acontecer al inicio de cada sexenio- redefinieron el principio de división de poderes, el sistema presidencialista, las fuerza de los partidos políticos, en la que nacen nuevos centros de poder y se desdibujan las relaciones de mando tradicionales, para dar paso a esquemas más avanzados de democracia y participación de la sociedad en distintos campos de la gestión pública.

Como abogado y luchador social, nunca dejó de pensar en el constitucionalismo social y el deber del Estado de garantizar el mínimo de condiciones que permitan el desarrollo del individuo en sociedad. Criticaba  a la izquierda mexicana por su balcanización, por su imposibilidad de traducir a la realidad mexicana un discurso marxista; no obstante estaba convencido de que una sociedad igualitaria es premisa fundamental para el desarrollo del Estado. En su pensamiento y en su acción, el desarrollo social es imprescindible y no puede esperarse a que se de cómo consecuencia de factores económicos. Coincidente con el pensamiento del premio nobel Amartia Sen[4], en el sentido de que el problema de distribución de bienestar en el Estado no puede ser medido únicamente a través de indicadores económicos (PIB, ingreso per cápita, tasa inflacionaria). El problema de bienestar tienen que ver más con el desarrollo de ciertas libertades (educación, vivienda, salud) que componen el escenario justo donde los individuos interactúan en forma equitativa, entendido como el acceso a las mismas oportunidades. En este  sentido la justicia distributiva es alcanzada al procurar no una tasa de crecimiento económico estable para una nación, sino al procurar a sus habitantes el aseguramiento de las mismas libertades.

Estoy seguro que José Francisco hubiera sido actor relevante en el proceso de de reformas en materia de derechos humanos que expandió el ámbito protector de los derechos reconocidos por nuestra Carta Magna. Así lo indica su paso y compromiso con el Instituto de Investigaciones Jurídicas, instituto que impulsó activamente esta reforma garantista, que vino a hacer justiciables los derechos sociales y que a la postre fue complementada con una nueva Ley de Amparo y  una renovación del sistema de impartición de justicia.

La política exterior mexicana no fue la excepción, y también fue objeto de su campo de estudio, desentrañó los cimientos tradicionales en los que la misma descansa, prestando especial atención a la relación de Estados Unidos con su “vecino preterido” (México). En aquellos tiempos, como hoy, la relación también vivía momentos críticos. Que mayor orgullo para un padre que su hija, no sólo sea voz viva de sus ideas, sino que siga reflexionando a partir de las mismas y con una visión progresista proponga la revisión de principios tan arraigados como el de “no intervención”. Seguramente ha leído y releído la “nueva política” y encontrado lo que ya avisaba su Padre, son estos principios tan inconmovibles como dinámicos, en tanto se deben replantear y reinterpretar para hacer frente a nuevos desafíos. Claudia, habiendo aprendido la lección desde niña, no escatimó tiempo en implementar acciones para fortalecer la relación con Estados Unidos, para procurar un verdadero espacio de integración e identidad entre ambos países, a la par de conocer, entender y dialogar con quien debe ser el gran aliado de México y construir juntos América del Norte como una región próspera.

Como hombre de partido,  anticipó temas no comprendidos por muchos de sus correligionarios. En el partido hegemónico resultaba difícil hablar de renovación, de reestructuración, insistir sobre su democratización, él no cesó en el empeño.   Afortunadamente para mí, sus ideas quedaron plasmadas en varios artículos, que a la postre, cuando tuve el gran honor de presidir el PRI, por su profundidad, me acompañaron como un ideario, por su puntualidad y claridad, como una ruta crítica.

Lo recordaba yo en Guerrero, su cuna, Estado al que dedicó prolíficos años de su vida, ahí en Chilpancingo, fui honrado con el premio estatal al mérito civil que lleva su nombre y señalaba “la política fue su pasión; se dedicó a ella no sólo como estudioso, sino también como incansable practicante. La vivió, la gozó y la sufrió. Por la política logró alcanzar posiciones de las más importantes en el quehacer público de la nación y por ella perdió la vida en un acto incalificable de traición”.

Gran parte de la modernización del PRI partió del pensamiento de José Francisco, quien llevó el estandarte del cambio, y evidenció las dos tendencias imperantes en aquel momento “la tendencia modernizadora y la arcaizante: entre los que creen que el partido puede y debe cambiar ya, y los que prefieren esperar a que los acontecimientos arranquen los cambios, entre los que consideran que la política es solo juego de poder y los que piensan que es también ideología; entre los que creen que un político es solamente un mecánico de los hechos y los que postulan que debe ser, asimismo, un hombre de ideas”[5]. Jose Francisco se decantó por lo segundo, el arquetipo del revolucionario, el luchador, el pregonante, impulsor y ejecutor del cambio. Estos ideales y pensamiento de avanzada no siempre le granjearon amigos, la contundencia en la exposición de sus ideas que nunca fueron objeto de transacción, alimentaron el ánimo de acallarlo.

Su análisis puntual e histórico sobre la historia del partido, el nacimiento y desarrollo de la oposición en México, resultan indispensables para entender el gran compromiso que tenía con la pluralidad, como motor de la democracia. Esa pluralidad que hoy tenemos instalada en la vida política pero también en la vida civil, ha enriquecido el debate institucional y nos ha permitido trazar la senda hacia un verdadero constitucionalismo en el que los pesos y contrapesos se van redefiniendo en razón de los intereses cambiantes de los principales actores de la vida nacional. Para el, la pluralidad era un ejercicio diario a través del debate, diálogo, entendimiento, razón expresada en ideas, argumentación, análisis crítico, análisis puntual de los temas. A la usanza de un Federalista ocupo los espacios de la prensa, no sólo para expresarse sino como vehículo de confrontación ideológica, los artículos periodísticos de “La Jornada”, nos dan cuenta de que en más de una ocasión venció a sus adversarios ideológicos con el arma más peligrosa, la razón materializada en palabra escrita, generando así debates ricos en pensamiento. Para el “el debate, la confrontación de ideas, que parecieran un mero juego especulativo, es una de las avenidas privilegiadas de la lucha política. Tan es así que si se perdiera el debate ideológico y la discusión política, se perderían las goteras de poder, sino es que el vestíbulo del poder”[6]

Señoras y Señores,

José Francisco, su pensamiento, su ejercicio público, su legado escrito han trascendido el funesto hecho que no podremos dejar de recordar todos los 28 de septiembre. La vigencia de sus conceptos, nos obliga a llamarlo al diálogo. Hagámoslo participar en el debate político y apropiémonos de sus ideas, que han demostrado su eficacia, varias de ellas son cimientos y andamiaje de las nuevas instituciones.

Ya lo anunció nuestro Presidente Enrique Ochoa al protestar el cargo, hoy el Partido necesita una renovada relación con el Gobierno, con la sociedad, con los sectores y organismos que aglutina y que le dan vida. Puntualmente refirió “que es el momento de un diálogo abierto, crítico, autocrítico, pero sobretodo de propuesta constructiva” y no solo lo ha dicho sino que ha puesto su empeño en recorrer el país para recoger el sentir de la militancia.

Pero vayamos más allá y aprovechemos este momento coyuntural. Hoy más que nunca echemos mano del trabajo ideológico que se ha generado en el seno de nuestro partido y reavivemos el pensamiento de José Francisco Ruiz Massieu, releamos su credo, aquel en el que erige como estandarte, una política popular que:

  • “descubre la realidad social para transformarla, y desecha la mentira populista que envilece al pueblo”
  • “Que no admita que se pueda trabajar con el pueblo sin este”
  • Busca “la participación popular orgánica, sustentada en ideas, con líderes responsables, encauzada en las leyes y que busque el cambio con programa y concierto”
  • Proclame “la tolerancia y la paciencia como reglas elementales de la política en la democracia”

Tuve oportunidad de participar en la XXI Asamblea Nacional marcada por un optimismo y entusiasmo generalizado por las buenas cosechas, en ese ánimo se modificaron los documentos básicos del Partido para dar espacio a las grandes reformas estructurales. Nuestra próxima XXII Asamblea, será más compleja, revelada la crisis que vive el sistema de partidos y el desencanto generalizado de la sociedad. Es en estos momentos, donde se ha de echar mano de nuestros grandes ideólogos. Que mejor Homenaje podemos rendir a José Francisco que materializar sus principales postulados en nuestro Programa de Acción, en nuestra Declaración de Principios y si es conveniente en los propios Estatutos.

No nos olvidemos de su pensamiento democratizador y moderno. Sigamos su sabio Consejo:

Elevemos el debate ideológico al seno del Partido.

Avivemos la pluralidad interna, incluyendo grupos, regiones y personalidades.

Reconozcamos la nueva realidad política y mirando a largo plazo generemos consensos, con aquellos que no compartiendo nuestro ideario político si comparten un mismo amor por México.

Veamos en la modernización, como él lo apuntó “un proceso que necesariamente vaya hacia atrás para recoger lo que se perdió o simplemente se ha debilitado, y vaya también hacia adelante para atender rezagos que ya están, y para anticipar el futuro”.

Debatamos a su manera, debatamos tolerantemente, derechamente de cara a la sociedad, tengamos siempre presente una de sus frases célebres, y en consecuencia, no hablemos cuando no tengamos nada que decir, no callemos ante asuntos en los que es mandatorio hablar, ni caigamos en simulaciones, ni disimulos.

Sigamos el ejemplo de aquel hombre que a través de la política luchó incesantemente por un México engrandecido, moderno y sin desigualdad social.

No iremos a buen puerto si no nos asimos del ideario de nuestros hombres emblemáticos y José Francisco, por su vida, obra y también por su muerte, es uno de los más grandes.

Tomemos la palabra de nuestro Presidente y replanteemos juntos la misión del Partido en el Siglo XXI. Con el camino andado, el bagaje ideológico que hemos sumado, los grandes personajes que han vivido y dado la vida en nuestras filas, con la fuerza acumulada y el gran empuje de nuestra militancia, aseguremos la victoria en el 2017 y la permanencia en el 2018, pues como lo dijo José Francisco el PRI es un Partido hecho para gobernar.

José Antonio González Fernández.

Octubre, 2016.

[1] GARCIA RAMIREZ, Sergio, “Mis recuerdos de José Francisco Ruiz Massieu” en Jose Francisco Ruiz Massieu Testimonios de una Amistad, UNAM, México,1994, p. 155

[2] RUIZ MASSIEU, José Francisco, “Ideas a tiempo. Las perspectiva de la democracia”, Editorial Diana, México, 1991, p.47

[3] NAIM, Moises, The end of power, Basic Books, New York, 2013

[4] SEN, Amartya, Development as freedom, Anchor, 2005.

[5] RUIZ MASSIEU, José Francisco, op.cit nota 2, p.50

[6] RUIZ MASSIEU, José Francisco, op.cit nota 2, p. 54